Yo, macho
Somos abismos
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El registro de cómo vivir la masculinidad, del ser hombre y lo que eso implique, incluye también la voz más íntima, la sensación plena y compleja de la subjetividad. De esa sensación, naturalmente, emana un sentir, un acompañarse y colocar palabras a experiencias que, a lo mejor, han sido largos silencios. De esto nos habla Luis Barrueto, comunicador y fundador de Visibles, un movimiento por la inclusión y la diversidad sexual en Guatemala.

Uno impone sus reglas. Ponés, por ejemplo, la regla de levantarte al sonar la alarma y saltar a la ducha fría, porque eso te permite tomarte un café antes de salir. Cargás todo el tiempo un libro entre la bolsa, no sea que te toque matar tiempo en una sala de espera, o que te quedés atrapado en el tráfico, que siempre es una posibilidad.

Otras reglas cortan más profundo. Te acostumbrás, por ejemplo, a que no se tocan ciertos temas en la mesa del almuerzo familiar. Y que en vez de protestar el silencio sobre los temas que importan pero no se tocan –maldito silencio–, dejás que la plática siga su curso normal, porque igual solo te queda una hora y media para volver a tu rutina. Te quedás callado y acumulás una molestia más. Es que es pequeña. Sería más grave tocar las fibras que no han sido tocadas en años, y con las que has aprendido a vivir.

Así te vas acostumbrando a que te funcione no sentir demasiado. La primera vez es extraño, pero aprendés a abrir botellas de vino sólo para vos. Te acostumbrás a no esperar tener con quien abrirla. A ordenar el cesto de ropa sucia y doblar bien tus camisas para que no parezca que te descuidás. Hasta aprendés a que te guste hacer buena comida, aun si te la vas a comer viendo una pared blanca, en una habitación con pocos muebles, porque todavía no podés pagarlos.

No estás muy seguro si todos estos rituales tienen que ver con la idea de quién sos o quién querés ser. Sabés tomar decisiones, priorizar, calendarizar y ejecutar. Podés tener una conversación de improviso, dar un discurso, presentarte, hacer preguntas, ahondar en los temas. Pero no sabés a ciencia cierta si es interés genuino. Si te mueve el piso lo que hacés. Te cuesta entablar relaciones. Te toma tiempo soltar, encontrar confianza, sentirte seguro, y basta con algunas de entrada para saber que no va a suceder: revelar lo profundo que te define y te marca puede ser vergonzoso. Y te protegés.

Quisieras ser parte de un grupo, entablar una relación más sincera, tener más amigos, o romper lo acartonado de tus conversaciones. Pero hasta sos bueno con la buena onda. Hacés bromas, te reís un poco y comentás el fin de semana, pero no encontrás apego tan fácil. Las raíces tardan en crecer.

Encontraste una explicación de vos mismo en un poema hace tiempo. «Porque mi condición de elefante / que ha vivido sin amor y que no olvida / hace que me avergüence un poco de mi propia ternura». Y lo repetís hasta el cansancio como si hacerlo te fuera a resquebrajar un poco. Una vez, repitiéndolo en voz alta, hasta lloraste. Fue lindo. Dejaste que muchos te vieran al mismo tiempo y entendieran que no estabas tan roto después de todo. O sí. Pero que no te importa reconocerlo.

El montón de reglas que te ponés van haciendo una caja que es difícil romper. Aprovechás coincidencias como un libro que estás leyendo al mismo tiempo que una amiga, y repetís con ella frases como «un amor breve como el suspiro de una cabeza guillotinada». O te quedás estaqueado en la butaca del cine cuando corren los créditos de una película que te desarma y te recuerda que las cosas no siempre terminan bien, pero que también te muestra cómo somos de buenos resistiendo con nobleza.

Creás rituales, entonces, para permitirte jugar un poco y dejar rodar la madeja de tus emociones usando esos disparadores. En algún momento incluso decidiste escapar. Tomaste la primera oportunidad que te aceptó y fuiste a un país frío a estudiar. Te endeudaste y aprovechaste la huida para recorrer lugares distintos, lejanos, con calles y carreteras que recordás como pocas. Y en casi todas ellas estuviste solo. No es malo estar solo. Ni mucho menos encontrar placer en cosas como el café de la mañana que te tomás en silencio. Ni es malo haber llegado tan lejos para darte cuenta de que lo que te hacía huir también lo llevabas adentro. Te afanaste en cambiar de lugar, sólo para darte cuenta que al final te llevás contigo mismo. No hay escape.

Pero también a veces, cuando sentís que mirás al vacío de tu propia existencia te reís un poco. Porque en ese proceso también hay luz. Hay risas. Y acciones heroicas. Y otras tantas que no llegan a heroicas, pero que tienen una fuerza insondable. Hombres y mujeres como vos que tratan de hacer las cosas un poco mejor. Que se reconocen abismos, como vos, y aprenden a amar al vacío del que están hechos, como vos. Y eso, aunque no te lo enseñaron así, también es una forma de amor.

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