Reseña
Cementerio de los sueños perdidos / Julio Cisneros
Autor:
Ser periodista, ser migrante, volver al país. Tres características del autor de este libro que, con una mirada cruzada entre geografía, tiempo, ficción y periodismo, devuelve un retrato de una Guatemala que es tanto siembra como cementerio; de esto nos habla la lectura que nuestro colega periodista Ángel Mazariegos Rivas hizo de este libro publicado en 2018 por Verbum en España.

Julio Cisneros parte de una carta en la que se pregunta a sí mismo por qué debería escribir este libro y a quién podría interesarle; pero no redacta en ella una respuesta. Y esa pregunta queda abierta. No considero que haya sido a propósito dejarla en blanco, pero funcionó como puerta de entrada para mí. Me permitió construir el perfil de ese periodista que refleja un sentir catártico, un sentir confuso y un poco convulso, de lo que significa no solo para él, sino para las demás personas que día a día buscan explicar Guatemala.

La esperanza está puesta en siempre visibilizar lo incómodo para reflexionar e interiorizar sobre el mundo que habitamos. Muchos de los sueños plasmados en este libro, vistos y descritos desde el ojo de un guatemalteco migrante que ha vuelto con deseos de dimensionar una realidad en llamas, hoy, son carbón.

Cementerio de los sueños perdidos (2018) es publicado por Editorial Verbum, sello español que destapa otro de los perfiles del conflicto armado en Guatemala, una causa de la idealización del “sueño americano”, que a partir de las historias de Julio, un periodista guatemalteco que reside en Estados Unidos desde la década de los años 90, permite leer la perspectiva de un “outsider” (un tanto omnipresente).

Por azares de la coyuntura política, Julio viaja en 2016 a Guatemala junto a su colega fotógrafo, Félix, en búsqueda del reencuentro con cierta identidad que dejó hace lustros. Advertido por los colores, las texturas y los aromas que describe, en una ciudad con la que conecta de chasquido, recuerda de tumbo que la paranoia es parte del paquete.

Julio retrata a través de personajes soñadores como Martina, Alberto y Juana, una realidad repleta de luchas, que en 37 capítulos demuestra como el gris puede ganarle terreno a esa “eterna primavera”, comparable únicamente con las flores plásticas.

La estructura no lineal del libro me encaminó por los sueños desgarrados de la guerra interna y los achaques que se viven en la actualidad guatemalteca. Razones que desde décadas han empujado al migrante a soñar con aprender a hablar inglés. Julio aprovecha para narrar el encuentro que tuvo con las ruinas de un país que aún persigue la justicia y el derecho a la vida digna. Un golpe con el que no se esperaba encontrar, pues su objetivo era narrar lo dulce y lo nostálgico que fue crecer en Guatemala.

Sus recuerdos de niñez en Jutiapa se conectan, a partir de su inquietud como periodista, con las conversaciones casuales que sostiene con personajes de la migración interna del país. Esos trabajadores que han dejado los verdes de sus hogares para vivir entre el concreto, y que no abandonan la idea de viajar a ciudades más grandes como las de Estados Unidos. Y en paralelo, resalta el extraño reencuentro con aquel personaje de “Las Metro 10”, programa en el que compartió cabina de radio hace más de veinte años, con quien ahora saluda anteponiendo la palabra presidente. El comediante Jimmy Morales.

Creo que es un tanto gracias a su profesión, que la sinergia y la rítmica del libro logra enganchar como si se estuviera frente a una serie de televisión. E incluso me topé con escenas bastante detalladas que pudieron ser más simples para la lectura, pero entendí que Julio busca conectar con aquello impalpable para quienes leen desde lejos. Hay ficción y hay no ficción. Ambas se abrazan en estas historias periodísticas y novelescas que se hilan para dar lugar a nuevas preguntas sin respuestas. “¿Hasta cuando seremos capaces de compartir lo que tenemos? […] ¿Será que algún día seremos mejores humanos? ¿Será que algún día aceptaremos que todos somos inmigrantes sin importar en el país donde vivamos?”.

Julio no solo recuerda que es importante narrar la historia de lo que hoy significa Guatemala, sino que permite visibilizar lo natural de la migración, desde su posición de migrante privilegiado. Los riesgos que cargan quienes deciden abandonar un país que les olvida, por un sueño que quizá terminará en un cementerio. Es necesario hablar de lo cagón que puede ser un país que expulsa a su propia gente, a causa de conquistar un poder que se confunde con fantasía.

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