La obstinada búsqueda
La Plaza de Mayo llega a Pueblo de Dios
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Estela de Carlotto, la presidenta de la asociación Abuelas de Plaza de Mayo -una organización creada por familiares de desaparecidos en Argentina-, estuvo en la comunidad Pueblo de Dios, en San Martín Jilotepeque, un lugar creado por desplazados de la guerra en Guatemala. De Carlotto llegó a dar esperanza a una comunidad que aún busca a sus desaparecidos.

 

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Pueblo de Dios está escondido, entre  montañas. No aparece en ningún mapa, ni en los registros de las instituciones de Gobierno. Está en el municipio de San Martín Jilotepeque, en el departamento de Chimaltenango. Para llegar, se debe cruzar la cabecera, salir de la carretera asfaltada y avanzar unos diez minutos —si se cuenta con un buen vehículo— entre el traqueteo de los baches y la polvareda que se levanta en un camino de terracería.

Pueblo de Dios nació en uno de los años más cruentos de  la guerra, en 1983. Después de perder a sus esposos —algunos asesinados cerca de sus viviendas, otros desaparecidos y nunca encontrados— varias mujeres se vieron obligadas a escapar de sus casas para salvar la vida.

Huyeron de aldeas más o menos cercanas, de San Martín Jilotepeque. Acompañadas de un sacerdote, que las ayudó a gestionar unos terrenos, llegaron a un lugar llamado Tenamit Ajab. Levantaron casas de adobe y lámina a lo largo de un cerro y edificaron una iglesia en lo alto. Después, con el tiempo, llegaron otras personas. Algunas, también obligadas por la guerra. Otras, solo necesitaban un sitio donde vivir. Hoy, según los cálculos de los vecinos, unas 300 personas habitan el lugar.

Un  mural de unos 30 metros de largo da la bienvenida a la entrada de la comunidad: “¡Quemaron nuestro tronco, cortaron nuestras ramas, se llevaron nuestros frutos, pero no pudieron arrancar nuestras raíces! Colonia Pueblo de Dios”.

Algunos muros, más adelante de la entrada a la comunidad, también están pintados. Unos, con pintura fresca, azul y blanca. “Partido Humanista”, se lee, encima del nombre de dos candidatos de la reciente campaña electoral. Otras paredes, con la pintura ya descascarada, pálida, recuerdan procesos electorales anteriores. Las letras rojizas del partido Libertad Democrática Renovada (Lider) sobreviven en una de las viviendas, sobre la pared gris de bloques de concreto.

Hoy, miércoles 7 de agosto, es día de fiesta. El suelo del salón comunal de Pueblo de Dios está cubierto de hojas de pino. Un brasero, expele el humo blanco, espeso del incienso que invade todo. Buena parte de la comunidad y algunos miembros de organizaciones no gubernamentales, unas 50 personas en total, están reunidas adentro, bajo el techo de lámina.

Al fondo del salón, sonriente, descansa sentada una mujer bajita, de pelo blanco. Su bastón se apoya en la pared. Saluda a toda persona que entra, feliz. Algunos niños la observan, curiosos, a una distancia prudencial. Otros se acercan y ella les hace alguna mueca graciosa, algún comentario, algún chiste, que los hace reír.

Es Estela de Carlotto. Su nombre es bien conocido en Argentina, en donde la mujer es un símbolo de la lucha contra su última dictadura y los crímenes de ésta. De Carlotto es la presidenta de la asociación Abuelas de Plaza de Mayo, la organización creada en 1977 (un año después del inicio de la dictadura) con el fin de buscar a las niñas y niños robados en esa época por el mismo gobierno militar.

Las abuelas comenzaron a exigir respuestas. Buscaron a sus nietos en cualquier lugar en el que pensaron que podían estar. Para planificar, se reunían en la Plaza de Mayo, frente a la Casa Presidencial, lugar que les dio el nombre. Se juntaban para pensar y organizar sus acciones. De Carlotto cuenta en Pueblo de Dios una anécdota que repite en muchas de las entrevistas que le han hecho. Debido al toque de queda y a la prohibición de reunirse en grupos, impuestos por la dictadura, las abuelas no podían permanecer sentadas mientras conversaban; debían  levantarse y caminar. “‘Circulen’, nos dijeron, así que empezamos a circular”. Las mujeres caminaban, literalmente, en círculo, alrededor de la plaza. Hoy siguen haciéndolo, cada semana, cada jueves. En el suelo, un círculo dibujado con pañuelos blancos —símbolo de su lucha— hace que sea imposible olvidarlas.

Hasta ahora, las Abuelas de la Plaza de Mayo han realizado 130 encuentros. En Argentina no hay un registro oficial que ofrezca una cifra real de desaparecidos. La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas calcula que son más de 30 mil. En Guatemala, la cifra que manejan organizaciones es de 45 mil personas desaparecidas por el Ejército.

La activista de 88 años, llegó a Guatemala a principios de agosto, invitada por el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), con una agenda repleta de compromisos y reuniones con organizaciones relacionadas con la memoria y la búsqueda de desaparecidos de Guatemala. De Carlotto se reunió día tras día, con personas que buscan a sus hijos, a sus nietos robados, pero también a sus padres, abuelos, tíos y primos desaparecidos por el Ejército durante la guerra.

El CICR organizó la expedición, con periodistas y organizaciones, que llevó a De Carlotto al encuentro con los vecinos de una comunidad creada por el dolor.

Francesco Panetta, director de comunicación del CIRC explica que “la decisión de traer a una representante de las abuelas de la Plaza de Mayo respondió a la necesidad de visibilizar una realidad que lamentablemente es desconocida para muchos. Que en Guatemala existe un número enorme de familiares de personas desaparecidas a lo largo del conflicto armado que todavía no han recibido respuesta del paradero de sus seres queridos”. Panetta explica que la idea es que alguien de una organización con un peso tan grande a nivel internacional  como De Carlotto, que “ha logrado posicionarse y tener una voz muy fuerte”,  pueda servir para lograr lo mismo en Guatemala.

“Guatemala es el país de Latinoamérica con mayor número de desaparecidos de un conflicto armado. Claro, es el segundo después de Colombia, pero si se considera la densidad poblacional y el lapso de tiempo en el que los desaparecieron, se puede decir que es el mayor país”, recuerda Panetta. El miembro del CIRC da algunos datos: “De la estimación de 45 mil desaparecidos, alrededor de 5 mil han sido encontrados. De estos, unos 4 mil fueron encontrados por organizaciones forenses. Obviamente hablamos de fallecidos. Y unos 900 encontrados en vida y reunificados. Estamos hablando de niñez desaparecida. Solo el año pasado fueron 45. Son unos hallazgos increíbles que muchas veces pasan desapercibidos”.

Junto con el CICR, la Liga Guatemalteca para la Higiene Mental —una de las organizaciones que trabajan por reencontrar a desaparecidos durante la guerra en Guatemala— trabajó en la gestión de algunos de los encuentros con De Carlotto, como el de esta mañana. Pueblo de Dios se eligió por lo emblemático de su historia —esa comunidad creada de la violencia— y porque, para la organización, explica Marco Antonio Garavito, su director, Pueblo de Dios “es el punto de convergencia” de los casi 40 casos de familiares que buscan a sus desaparecidos en la zona de San Martín Jilotepeque.

De Carlotto se levanta del banco donde está sentada, apoya una mano en la mesa, con la otra sujeta  el micrófono, y habla:  “Muy buenos días, queridos amigos. Me paro porque soy docente, he sido maestra y no puedo hablar si no estoy mirándolos, reconociéndolos”.

“Hace 42 años que estamos caminando. Y vamos a seguir caminando mientras tengamos vida, lucidez. Voy a cumplir 89 años, uso bastón, pero el bastón no me impide caminar. Mientras mi cerebro funcione, mi corazón lata por esta lucha, voy a seguir buscando lo que falta. Treinta mil desaparecidos”. Desaparecidos. El término, hoy reconocido y utilizado en multitud de países, no existía ni Argentina ni en otros países —aunque, claro, sí existieran desaparecidos—hasta que se comenzó a utilizar en la década de los ochenta, para hablar de esas personas a las que la dictadura argentina había desaparecido.

En unos minutos, De Carlotto dicta una clase de historia y Pueblo de Dios escucha un relato en el que las vecinas y vecinos se reconocen. “Latinoamérica fue víctima de dictaduras o gobiernos asesinos, que en vez de defender a su pueblo como le corresponde por ley, los victimizaron, los destruyeron, los mataron. Les quitaron todo lo que podía ser su felicidad, que era nada más y nada menos que vivir en paz”.

La mujer habla de cómo el pueblo argentino calló durante décadas de dictaduras. Pero la de 1976, la que comenzó con el golpe de Estado que terminó con el gobierno de María Estela Martínez de Perón y que lideró Jorge Rafael Videla, fue diferente. “Cuando llegó esta dictadura, encontró otra Argentina”, dice. La juventud del país, los estudiantes universitarios, la clase obrera, habían empezado a movilizarse años antes, para defender y demandar derechos básicos, al trabajo digno, a la salud, a la vivienda, a la educación.

“Por eso, los primeros secuestrados, que después pasaron a llamarse desaparecidos, porque no se sabía dónde estaban, fueron la clase obrera y los estudiantes. Y todos aquellos que resultaran molestos”, explica a una audiencia que la escucha, atenta.

Estela y su esposo, Guido, tenían cuatro hijos. Los tres mayores, estudiaban en la secundaria y en la universidad, y participaban en las movilizaciones de protesta. “Teníamos miedo de que desaparecieran”. Estela y Guido les pidieron que se fueran de Argentina, pero ellos se negaron. Una de ellos, era Laura, estudiante del Profesorado de Historia en la universidad.

“Ella me dijo que se iba a quedar, porque su proyecto de vida estaba en su país, y no en otro lugar. ‘No me voy a ir. Y vamos a morir miles de nosotros, pero nuestra muerte no va a ser en vano’. Eso fue para mí la palabra de la decisión absoluta de una joven de apenas 19, 20 años”.

 

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Primero secuestraron a Guido, el esposo de Estela, el 1 de agosto de 1977. Buscaban a Laura y a Claudia, las dos hijas mayores de la pareja. Estuvo 25 días en un campo de concentración, en el centro de la ciudad de La Plata. “Lo tuvieron en cautiverio, torturado ferozmente, vio muertes, vio torturas, vio vejaciones, y salió muy enfermo, pero sobrevivió”, recuerda Estela.

Laura desapareció tres meses después, en noviembre de 1977.

Estela, que era directora de una escuela, se dedicó las 24 horas del día a buscarlos, hasta que aparecieron. Primero a su esposo, luego a su hija. En silencio, en soledad. “Teníamos miedo. No que nos pasara algo, sino del rechazo del vecino, que no entendía nada. La proclama de la prensa cómplice era: ‘Son guerrilleros, son terroristas, son mala gente’. Estaban hablando de nuestros hijos que eran buena gente, generosa gente”.

Le devolvieron el cuerpo de Laura, su hija, un año después, en agosto de 1978. Pero cuando la secuestraron, ella estaba embarazada de tres meses. “¿Por qué abuelas? Porque se robaron niños”, explica, con paciencia, Estela. “De una forma que hasta ahora no hemos encontrado un país que haya tenido esta metodología tan perversa. Tan siniestra”.

“A Laura la torturaron, la vejaron y la maltrataron. Pero la dejaron vivir. No la mataron porque estaba esperando un bebé. ¿Por caridad? ¿Por humanidad? No, no. Para que tuviera su hijo, ese bebito, en condiciones precarias, sacárselo, quitárselo y a ella asesinarla”.

A Estela le dijeron que le darían a su nieto. Ella preparó la casa para recibirlo, pero nunca llegó. “¿Qué hicieron con esos niños? Cambiarles el nombre, regalarlos, venderlos, tirarlos en cualquier lugar para que les sucediera lo que fuera. Quedárselos, los propios asesinos, como si ellos fueran los padres”, continúa. Las abuelas comenzaron a recorrer casas cunas en el país, pero no las dejaban entrar. También fueron a juzgados de menores. Sabían que habían dado a niñas y niños en adopción, y que había expedientes que lo demostraban. Pero en los juzgados les negaban el acceso a los documentos.

“Por supuesto ya quedamos pocas. Nuestra vicepresidenta (Rosa Tarlovsky de Roisinblit)  va a cumplir en unos días 100 años (los cumplió el 20 de agosto pasado), y es una bendición, pero las demás, muchas de ellas no están. Hemos encontrado nietos. Hoy en día cuando encontramos un nieto estamos seguros de que es el nieto de tal abuelo y de tal abuela, hijo de tal padre y tal madre: tenemos un banco nacional de datos genéticos, donde está nuestra sangre procesada al encuentro del nieto o de la nieta”.

Y sí, finalmente Estela de Carlotto, tras haber hallado 113 niños, encontró al suyo, en agosto de 2014, 36 años después de la muerte de Laura.

Unos años después de comenzar la búsqueda de los hijos y nietos desaparecidos en Argentina, un grupo de madres y abuelas participaron en la creación de la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos-Desaparecidos (Fedefam). La Fedefam fue creada en 1982, justo cuando las mujeres de Pueblo de Dios se iban quedando   viudas, huérfanas, solas.

Una de ellas es Engracia Patzán, que tomará el micrófono cuando De Carlotto termine de hablar. Patzán y su madre son dos de las viudas que fundaron la comunidad.

Patzán nació en Sacalá las Lomas, una aldea de San Martín Jilotepeque, no muy lejos de Pueblo de Dios. Ahí se casó con su pareja, joven, en 1980. Un año después, a su esposo se lo llevó el Ejército. “Fue en 1981. El 4 de febrero. Ya nunca lo vi, ya nunca lo encontré. A las nueve de la mañana lo fueron a sacar de la casa. En San Martín encontré el sombrero, la camisa y un pantalón. Supuestamente ahí había un paraje y ahí estuvieron los ejércitos y ahí hicieron fosas, allí los mataron y allí lo metieron”.

Patzán se quedó sola con sus hijos. Trabajó de empleada doméstica en Ciudad de Guatemala. Cuando se daba el café en San Martín, llegaba para cortarlo. “Trabajé como hombre y mujer”, dice.

Cuando se cumplía un año de la desaparición de su esposo, ocurrió lo mismo con su padre. “Mi papá era campesino, agricultor. Pero una señora le fue a dejar su nombre al Ejército. El 16 de febrero de 1982, como a las diez, once de la mañana, yo vivía abajo del cerro de San Martín, y venía un camión del Ejército. Adentro, había dos toneles, y detrás estaba mi papá”. Una mujer del pueblo lo vio y se lo contó a su madre. “Ya no busqués a tu marido —le dijo—, porque este señor fue el que le hizo daño. A tu esposo se lo llevaron. Ya no hay vuelta de hoja”.

Tanto el hombre que se lo llevó como la mujer que dio su nombre, dice Engracia, ya murieron.

El cadáver de su esposo, supuestamente, apareció. “Cuando escarbaron todos los muertos, los llevaron al cementerio. Hicieron un gran panteón y dicen que ahí están todos. Ahí aparece su nombre. Quizás ahí está, porque a otro lado no se fue”. Por sus palabras, se percibe que no hubo análisis de ADN ni ninguna prueba que permitiera enterrar esos cuerpos con la certeza de saber a quién pertenecían.

El de su padre sigue desaparecido. “En el camino que va a Chimaltenango, hay un lugar que le dicen La Pedrera. Yo siento que cuando paso por ahí, como que me jala el corazón, siento que ahí está tirado mi papá”, dice Engracia. Por ahora, no han hecho exhumaciones en la zona.

“Yo quiero que aunque sean seis los huesos, yo quiero encontrar a mi papá”.

Los vecinos y vecinas de Pueblo de Dios guardan silencio. Cuando De Carlotto y Paztán terminan de hablar, las organizaciones les ofrecen el micrófono. Solo un hombre se anima a contar su historia, similar a la de Engracia. Familiares desaparecidos, que todavía nadie ha encontrado.

Después, habla Marco Antonio Garavito. Dice que a la fecha, en todo el país, la organización ha logrado 497 encuentros. Ya tienen programados el 498, el 499 y el 500, que se realizarán en los próximos días.

La Liga trabaja en varias zonas de Guatemala, pero hasta hace menos de un año, no estaba  en Chimaltenango. Se tardaron en llegar, cuenta, porque necesitaban tener presupuesto para que una persona se dedicara exclusivamente a trabajar en la zona. Hoy, ya la tienen. Se llama René Martínez, y saluda contento, al otro lado del salón. “Después de menos de un año, en San Martín Jilotepeque tenemos cerca de 40 casos documentados. Cuarenta familias que quieren buscar a sus desaparecidos. Y van apareciendo más”.

Pronto, asegura Garavito, se realizará una reunión con la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG) para tomar muestras de saliva y registrar los datos genéticos de la población. Garavito se compromete a que antes de que finalice el año, conseguirán el primer reencuentro familiar en la zona. Una promesa ambiciosa. Se desconoce si alguna de estas 40 personas a las que están buscando sigue con vida.

Pero por ahora, es una luz. Para una comunidad que hasta el momento no recibió ningún apoyo del gobierno, ningún aliento para encontrar a sus desaparecidos, esto es mucho.

Estela de Carlotto-Engracia Patzán

“Yo sufro, pero más que sufrir, quiero dar esperanza”, termina Estela de Carlotto. “Quiero decir que no hay que bajar los brazos. No hay que quedarse en la casa inmovilizados sino salir a enfrentar a los gobiernos que tienen la obligación de escuchar a su pueblo. Un país que tiene personas que no se sabe dónde están no puede hablar de democracia plena, verdadera. Hay una oscuridad que nos conmueve y nos inhibe de una felicidad plena. Tenemos derecho a ser felices. Yo les agradezco que estén hoy acá. Cuenten con las Abuelas de Plaza de Mayo”.

***

Dos semanas después del encuentro, la Liga Guatemalteca de Higiene Mental publicó en su página de Facebook que Engracia Patzán había muerto. No precisaron el motivo. Marco Antonio Garavito, el director de la organización, dice que todavía no está claro el diagnóstico, pero está relacionado con problemas del aparato digestivo. La Liga y el resto de familias se reúnen estos días para reorganizar el trabajo de búsqueda a pesar de otra ausencia más.

 

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