Los hombres nos besamos, mijo
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Los gestos de amor entre hombres son, quizá, uno de los callejones más comunes de la masculinidad mesoamericana, saludarse de beso pareciera un salto geológico, pero a lo mejor no lo es, de eso nos habla el escritor Juan Pablo Dardón en esta reflexión de #YoMacho

Para los hombres, crecer en una sociedad como la nuestra es muy cómodo. Se debe de ser un alfa todo el tiempo, un proveedor, un macho cerril, perpetuador de estereotipos. Realmente es muy fácil… ¿lo es?

Ni mergas. La sociedad está construida de tal manera que adoquina un camino sobre el “ser hombre” para que se le vaya sobre ruedas. La fórmula es simple: ser trabajador, cristiano, respetuoso de las tradiciones. Todo lo que se salga de la norma, está sometido al escrutinio moral de los moralistas.

Ser hombre es difícil porque es un adoctrinamiento desde pequeños sobre el papel que se debe jugar: si no provees, eres un fracaso. Si sientes, eres un fracaso. Si fallas, también. Si optas por no jugar el juego, peor. Si rompes moldes, un maldito. Si piensas más allá de los límites establecidos, un apóstata.

La sociedad espera mucho de ti y si no cumples, te vuelves un apestado, poco a poco, vas saliendo de los márgenes de lo bueno, para estar dentro de lo malo.

Tengo una anécdota sobre el caso. Yo era un niño y mi abuelo me llegó a dejar mi almuerzo al colegio porque tenía entreno de basquetbol. Me cargó contento y nos saludamos de beso en la mejilla, yo estaba feliz de verlo porque él vivía en Escuintla y casi no nos veíamos.

Regresé con mis amigos y compañeros y me empezaron a molestar que me dejaba besar por un hombre, que yo era hueco y marica. Me dio vergüenza. Se dedicaron a joderme el resto de la tarde y el entreno, inclusive en las transiciones de defensa, se organizaron para hacerme el amague de que me iban a besar, los cabrones.

Esa noche, cuando el abuelo se iba de regreso a su ciudad, se quiso despedir de mí y me quiso dar un beso de despedida. No me dejé. Le dije que los hombres no se besan y que me habían molestado mis amigos por eso.

El viejo me dio una lección de vida. Primero se disculpó por el mal momento que pasé, que nunca fue su intención y que disculpara a mis compañeros, que así les habían enseñado, pero que estaba mal. Luego me dijo que me valiera verga, que el cariño que me tenía no era chingadera.

Mi abuelo era mal hablado. De él lo aprendí.

“Los hombres somos libres. Y podemos demostrar amor. Yo besaba a mi padre que me amaba, besé a mi hijo por lo mismo y te beso a vos porque te amo. Y vas a besar a tu hijo porque lo vas a amar”, me dijo todo eso.

Mi abuelo era un tipo duro, pero de corazón enorme (literalmente corazón grande hasta que murió de eso, porque le reventó con un infarto). Los hombres podemos demostrar amor y no sentir vergüenza por ello. Me lo decía un tipo rudo, que cargaba cilindros de cien libras de butano en cada mano, en la distribuidora que tenía.

Nunca más volví a sentir vergüenza por un acto tan natural como darle un beso en la mejilla a alguien querido. El amor es amor y ya.

El papel del hombre en una sociedad como la nuestra es una afrenta a sentir. Se nos enseña a ser marmóleos: fríos, estáticos, presentes pero quietos. Formales. La sociedad nos empuja a ello, nuestros padres, nuestras madres, nuestros amigos. Se deben encorbatar los sentimientos y tragarse las lágrimas: no lloramos y somos cabrones, ácidos, construimos un yelmo de cinismo para resguardarnos. Y perpetuamos esa forma de vida, por los siglos de los siglos.

Mi hijo no creció conmigo, lo hizo con la mamá. Y como buen hogar católico guatemalteco, se enseña que el contacto físico entre hombres se limita a un apretón de manos y un abrazo para el cumpleaños y ya.

Yo lo besé un día y me dijo que estaba malo, que le habían enseñado que los hombres no se besan. Le mandé a la mierda tan equívoco estereotipo. Mi hijo tiene ahora 18 años y nos saludamos y despedimos de beso en la mejilla. Es normal, nos queremos.

Romper esos moldes no es cosa sencilla, se requiere de pensamiento y sentido común, algo que es muy fácil lobotomizar cuando se es pequeño. Nadie va a cambiar de orientación sexual por un beso de un padre o un abuelo.

Se le tiene pavor a la homosexualidad, es un estigma tan marcado que inclusive familias que tienen a una persona gay dentro de ellas, no lo dicen, no lo hablan, no lo socializan. Los exilian de las conversaciones.

He visto adultos darle el pésame a otro porque su hijo es homosexual. Lo ven como una muerte. Y piensan que, promover los sentimientos en los hombres, los debilita y los tiende a “amariconarse”.

Carajo, cuando viví en zona 1 vi una trifulca en una calle donde una pandilla de machitos quiso propasarse con un chico en la calle, y el chico – evidentemente homosexual – les dio la paliza de la vida. Muy machitos ellos contra uno sólo.

Un beso entre hombres no va a provocar un giro inesperado en tus gustos sexuales, o que te caiga un rayo homosexualizador y zaz, ahora te toca salir del closet con fanfarrias.

El beso como saludo entre hombres es más común de lo que nos imaginamos en estas latitudes. En Rusia es común el beso de saludo en la boca de los gobernantes, los nórdicos se saludan de cuatro besos en la mejilla, en el sur de Europa se hace, en el mediterráneo, en el sudeste asiático.

Acaso, la culpa es de Judas que nos enseñó a los hombres cristianos que un beso en la mejilla suena a traición. Pero recuerden, el cariño no es traicionero. En este mundo digitalizado, abogo por eso: querernos más. Pensar mejor.

Empezaba el artículo con lo “difícil” que es ser hombre, realmente no lo es tanto, estamos en una posición cómoda donde todo se dispone para que tengamos éxito. Y me refiero a ese término tan capitalista, tan amarrado a la gnosis monetaria, que hace que nos olvidemos de otros aspectos de la vida tan necesarios e importantes.

Lo duro es verlo, asumirlo y saberse un normalizado. Lo duro es empezar a cincelarse la conciencia y el corazón para alcanzar otras formas de conocimiento y otras formas de convivencia. Lo duro es hablar de ello y esperar la carcajada, el “hueco sos”, la risa incrédula.

Es leer y conocer a través de varios autores que el orden social lo cambian los hombres libres, hombres libres como un viejo rudo que levantaba cilindros de 100 libras de butano en cada mano, que me enseñó que besar a quien quiero, es normal y no debe ser motivo de burla.

Es el momento de replantearnos críticamente nuestro papel en una sociedad castrante.

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