Camila Urrutia
“La mayoría de mujeres tenemos miedo, pero para eso están las películas”
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Hablamos con la cineasta Camila Urrutia de su primer largometraje, “Pólvora en el corazón”, que se estrenará este año en Guatemala. Urrutia -actriz, DJ, cineasta- habla de las inspiraciones y motivaciones para trabajar en su film, del arduo proceso de creación y de los retos de las mujeres que hacen cine en Guatemala.


“¿Cómo fue el proceso de trabajo de Pólvora en el corazón?”, esa fue la primera pregunta. Para desarrollar la respuesta, la cineasta guatemalteca Camila Urrutia  regresa a 2006, 13 años antes de la presentación de la película.

Entonces, Camila tenía 27 años, había estudiado cine en Montreal, en Canadá, y le habían dado una beca en estudios cinematográficos en la Sorbona, en París. Acababa de regresar a Guatemala para completar esta etapa de formación.

“Regresé sin muchas ideas. En ese momento se comienza a hacer cine por primera vez en Guate y yo me involucro en el lado de la producción, como asistente de dirección”, explica. En los siguientes años trabaja en la película Gasolina, de Julio Hernández Cordón y realiza tres cortometrajes de ficción: Cine de Lux, La Libretita y Más poesía menos policía.

Entonces, arma una colectiva de teatro con otras mujeres lesbianas. “Colectiva Siluetas”, se llamó. En este espacio, trabajan la dramaturgia, el desarrollo de personajes y la puesta en escena desde la colectividad. “Empezamos a hacer una investigación, empezaron a fluir las ideas”, cuenta.

Era 2011, Camila llevaba cinco años en Guatemala, y en medio de ese despertar creativo, se topa de frente con la inseguridad: “me roban el carro, me roban la compu y mi cámara. Todo. Todo en un lapso de un mes”.

Paró un momento: “Me senté y dije: ‘No, yo me tengo que ir de Guatemala’”. Pero para eso necesitaba trabajo. Decidió armar las piezas para comenzar su primera película e ideó un argumento: contaría la historia de una mujer que se quería ir de Guatemala —igual que ella—, y como forma de desprecio al país, se uniría al Ejército de Estados Unidos.

“Esa fue la primera premisa que tuve. Me imaginé un personaje de 18 o de 19 años que dice: ‘¿Saben qué? Guatemala, la odio’ —cuenta—. Quería contar esa ira hacia la realidad del país y demostrar el fracaso que fue la guerra para los que querían un cambio en Guatemala. Ilustrar lo que, según nuestro punto de vista familiar, se perdió. No hubo una revolución y las cosas son lo que son ahora, estamos cada vez peor”.

Ella quería transmitir un conflicto interno que tenía: “En esa época mis abuelos estaban vivos, mi mamá estaba viva, y yo pensaba: odio a mi país pero aquí está toda mi familia”. 

Urrutia había pasado su niñez en México. Fueron ocho años de en los que vivió la guerra de Guatemala en el exilio. Sus padres, dos estudiantes amenazados por la persecución política que existía en su contra, se la llevaron con ellos. Camila pasó esos años en el exilio, sin entender muy bien qué pasaba en el país del que tuvo que huir, yendo a la Cineteca con su padre y su madre cada vez que podían, empapándose del cine que tanto la influiría más adelante.  “Ahí es donde uno entiende que las cosas tienen que empezar de jóvenes”, reflexiona ahora.

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Con esas ideas en la cabeza, Camila se sienta a escribir. A escribir “de sentón”, dice. “Apliqué a un fondo. No tenía productora, así que mandé mi proyecto solita”. Pero la rechazaron.

La cineasta suelta la idea. En 2012 la trabaja, la perfila, la reescribe. Y en el camino se encuentra con una productora. Inés Nofuentes, quién más adelante produciría Ixcanul, de Jairo Bustamante y Te prometo anarquía, de Julio Hernández.

“Ella me impulsa”, dice. Nofuentes le pide leer su idea y le dice que le interesa producir a una mujer de Guatemala. “Cabal una productora es una persona que le ayuda a uno a reorganizar sus pensamientos, el proyecto, a hacer un presupuesto, a ver cómo se va a hacer la idea que uno tiene”, sigue.

Fue buena suerte, asegura. Coincidir con una mujer que quería hacer lo mismo que ella quería. Así que empiezan a trabajar juntas en el proyecto. Luego buscaron un asesor, para que las guiara, y tocó ver de dónde sacar dinero para pagarle.

“Hay que trabajar en otras cosas. Yo me tardé tanto porque tenía que trabajar para poder pagar al asesor, que me ayudó muchísimo. El problema es que uno no se puede dedicar a escribir a tiempo completo”, lamenta, y añade un deseo: “Yo si fuera Ministra de Cultura, haría una beca para cinco guionistas y los mandaría a estudiar a la mejor escuela que hay. A cambio de eso, que vengan a escribir cine sobre la realidad guatemalteca. Y eso sería todo un avance. Luego ellos podrían ser también asesores y se multiplicaría”.

Así, cinco años después, en 2017, empieza la grabación de la película. Cuatro semanas de preproducción y cinco de grabación. “Se grabó en Ciudad de Guatemala y en Mixco. En un suburbio y en la zona 5, zona 1 y San Cristóbal”, explica. Urrutia en la dirección, Nofuentes en la producción y Paolo Girón en la dirección de fotografía.

Entonces, Pólvora en el corazón no era la misma la película que cuando comenzó la primera idea. “Con la asesoría simplificamos mucho —dice Urrutia—. Yo fui a una residencia de guión en Madrid donde me dijeron: ‘¿Por qué no nos haces ver qué es ser una mujer en Guate? No tenemos idea’”. Ahí amarró el enfoque.

La historia cambia. Se vuelve una narración de pocos días. “Se enfoca en cómo unas amigas (Claudia y María) afrontan una agresión sexual y qué hacen al respecto. Es una historia sobre una posibilidad de lo que puede pasar. Una (de ellas) recurre a la violencia y la otra no está muy segura de que ese sea un buen camino. Pero tampoco hay muchas opciones, no se quieren quedar con las manos cruzadas”, resume.

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“Es un dilema que la mayoría de mujeres nos hemos planteado en nuestras vidas: ‘Ese maldito se va a salir con la suya’ o ‘qué pasa si hacemos algo’. La mayoría de veces tienen miedo, pero para eso están las películas, para imaginarse la gente que sí lo logra”.

Para la grabación de Pólvora en el corazón, se contrata a un equipo de Guatemala. “Es un equipo local. La gente es de aquí, los fondos son de aquí. Creo que es muy importante hacer notar esto, porque hay películas que puede ser que hayan llegado super lejos, pero el presupuesto no es de aquí. Sí, entre menos presupuesto, está más difícil llegar lejos. Y esta es una realidad del cine. Se necesita mucho presupuesto. Nosotros tuvimos suerte”.

Fotografía cortesía de Camila Urrutia

—¿De dónde recibieron los fondos?

—El Estado dio una parte, hubo un incentivo. Pero la mayoría fueron fondos personales. Hicimos una campaña de crowdfounding, un par de gentes se me acercó…

Camila lamenta que a la empresa privada no tenga interés ni iniciativa para financiar este tipo de producciones. “No les interesa nada invertir de verdad de las cosas. Las marcas nunca te van a dar cien mil quetzales. Te darán para el coctel… cosas así”.

La postproducción, la edición, el diseño de sonido y la música se trabaja en España, en 2018 y la película se termina en marzo de 2019. Latido films, una agencia de ventas española, se encarga de la comercialización de la película, de impulsar el proyecto.

En noviembre de 2019, Camila estrena Pólvora en el Corazón en el Festival Iberoamericano de Huelva, en España. “Es de esos festivales que le pone atención a Latinoamérica. Es una puertecita a Europa, una muy buena opción”.

La película gana tres premios: el Premio Colón de Plata a mejor actuación, el Premio Radio Exterior de España y el premio a la mejor obra audiovisual con perspectiva de género de la Asociación de Cineastas Mujeres Andaluzas.

En marzo de este año se estrenará en el Festival South by Southwest, en Austin, Texas. En Guatemala, por ahora, no hay fecha. Se espera que sea en la segunda mitad del año. Agosto, o septiembre: “Queremos que esté en un par de salas de cine. Una de las actrices principales es una influencer en Guatemala, se llama Andrea Henry, y tenemos esperanza de promoverla con ella, que la vayan a ver a ella. La peli es dura, pero entretenida. Tiene una historia rápida, hay suspenso. Así que esperemos a ver cómo le va”.

Camila recuerda que la situación en Guatemala no es la mejor, ni para hacer ni para distribuir cine. “Yo ahora me quiero volver a ir. Le di chance a Guate, estuve aquí diez años, hice bastante teatro porque no es tan caro, pero crecer aquí como directora a mí me ha costado. Puedo escribir y pueden pasar tres años hasta que logre conseguir algo de dinero afuera, porque aquí nunca va a haber lo suficiente”.

—¿Cómo renuevas tu interés? ¿Cómo evitas que decaiga ante la situación del cine en Guatemala?

—Quiero hacer una película mejor que la que hice. No cometer los mismos errores, contar otro tipo de historia. Una cosa que yo me pregunto es que si sólo los dramas políticos y sociales van a triunfar en Latinoamérica. Si se hace otro tipo de cine, otro tipo de historias que no sean de genocidio, de violencia, ¿será que tendría eco? Es un poco lo que me gustaría intentar hacer. Tener más matices.

La opción, cree ella, está en organizarse y hacer producciones más pequeñas. “Eso es lo que yo apostaría. No hacer una gran producción, una megahistoria, sino hacer historias más sencillas”. Sus siguientes pasos pueden ir en esa línea: “Quizás haga una próxima producción pequeña. Amigas en la ciudad con problemas de la vida. Eso es lo que me gustaría hacer ahora, otra vez, pero que no sea una historia tan dura como una agresión sexual, sino otro tipo de conflictos y con un poco más de esperanza. Porque hay que darle esperanza a la juventud”.

—¿Por qué crees que es importante que las mujeres sean protagonistas de tus historias?

 —Puede haber hombres muy empáticos pero nunca han sido mujeres. Nunca han caminado por la calle siendo una mujer. Es necesario que se cuente desde la perspectiva de ser mujer. No sé si hay otra sensibilidad, simplemente creo que es una experiencia más cercana a lo que vivimos. Nos afecta de diferentes formas el mismo hecho a un hombre y a una mujer. El trauma puede ser igual, pero la forma de procesarlo, de pensarlo, no es la misma.

“Es importante recordar que hay muchas voces de chavas que están ahí, que quieren contar sus historias, pero no hay las redes, no hay algo que aglomere o reúna a mujeres que quieren hacer cine. Muchas tienen buenas ideas y quisieran crecer, pero no veo cómo le van a hacer. Ves a México, Costa Rica, Estados Unidos… y hay una cantidad de mujeres directoras que cuando empecé con este proyecto no había. Las mujeres cineastas están super poderosas”, explica.

Camila recuerda una iniciativa que se impulsó hace unos años, pero que no se mantuvo: “Hubo un intento de hacer una asociación de mujeres cineastas. Pero en Guatemala cómo cuesta. No sé por qué. Hay mucha distracción, ya no somos tan jóvenes… Se necesitan líderes que digan: ‘Bueno, muchá, nos vamos a reunir una vez cada 15 días, vamos a redactar una misión, visión, un proyecto, a esta persona se le va a pagar esto y se va a presentar este proyecto. Hagamos un plan de trabajo, tú desarrollas tu corto, tu guion y yo te produzco y después tú me vas a producir’”.

Hacen falta, dice la cineasta, “chicas que se lo puedan creer. A mí eso me costó mucho. Yo no creí que fuera a ser capaz de hacer una película. Si no hubiera sido porque me uní con alguien y dijimos: ‘Bueno, démosle, juntas’. Una semana antes yo decía: yo no puedo dirigir, no sé qué voy a hacer, no puedo dirigir a nadie —ríe—. Pero de ahí todo va encajando”.

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