La rocola
Alexandra Latishev y su tratado de la invisibilidad
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Alexandra Latishev Salazar es una directora de cine costarricense. En febrero estuvo en Guatemala para presentar su primera película, Medea. Latishev habla aquí sobre los cuerpos, sobre la indiferencia al dolor ajeno, sobre el techo de cristal en la industria cinematográfica y sobre la necesidad de que existan más mujeres directoras.

Primera escena. Una mujer de costado, tendida sobre la cama. Se gira y vemos una barriga grande, hinchada, de embarazada. El vientre se mueve de arriba a abajo, de abajo a arriba, al compás de la respiración.

Segunda escena. La mujer, recién salida de la ducha, se ajusta una faja con la que consigue disimular el abdomen. Por encima, una chaqueta holgada. Se prepara para salir a la calle.

Tercera escena. La cara de la mujer se muestra clara, nítida, por primera vez. Es joven. Muy joven. No pasará de los 20. Tiene el pelo corto, la piel blanca, la mirada seria, perdida. La mirada y la expresión que sostendrá durante todo el film. Entra a una discoteca. Camina desganada. Alguien le da un trago. Se lo bebe.

Se encuentra con un amigo y sonríe. Segundos después hablarán divertidos en el baño, mientras toman alguna droga. Cuarta escena.

Van tres minutos de Medea y ya nos golpearon los motivos que guiarán los 70 minutos que dura la película. La incomodidad hacia el propio cuerpo, los embarazos no deseados, la apatía hacia lo ajeno, hacia los otros. Con lentitud, los espectadores intuyen. No hay obviedades en este film. Con una protagonista que no está en este mundo (o no está en San José), se sugiere la culpa, la misoginia, la invisibilidad del dolor ajeno. Medea abofetea silenciosa. La película no lo dice, pero es la historia de cientos, miles de mujeres en toda América Latina.

Alexandra Latishev Salazar, la directora de Medea, estuvo en Guatemala en febrero de este año, para presentar su primer largometraje. La cinta se proyectó en la Muestra de cine hecho por mujeres, organizada por la Asociación Guatemalteca del Audiovisual y del Cine (Agacine).

Latishev (San José de Costa Rica, 1987) estudió filosofía clásica en su país, pero dio un giro a su carrera y se introdujo en el mundo cinematográfico. Trabajar con directores y directoras que hacían buenas películas con poco presupuesto le abrió los ojos y se animó a dirigir un par de cortos.

Y de ahí, se lanzó con Medea, su primera película. En 2017, le dio el Premio Nacional de Artes Audiovisuales Amando Céspedes Marín, en las categorías Mejor Dirección y Mejor Producción.

María José, la protagonista, es una estudiante universitaria. No sabemos cómo —nunca lo llegaremos a saber— llegó a estar embarazada. Pero sí tenemos algo claro: no desea ese embarazo. María José no está cómoda con su cuerpo y lo oculta bajo capas de ropa.

Esta idea, la de la relación de una con su propio cuerpo, sentó las bases para crear la película. “Yo he vivido durante toda mi vida una guerra constante contra mi cuerpo. Y no solo yo, miles de mujeres —comienza la conversación Latishev—. Eso me hizo cuestionarme muchísimo qué tanto de ese cuerpo en el que vivís es tuyo. Y quería traducir esa sensación, que tal vez yo no podía ni siquiera explicar en palabras, a un lenguaje cinematográfico”.

La directora reconoce que para ella es mucho más sencillo y efectivo utilizar el lenguaje del cine para tratar temas así: “Si yo le hablo de esto a personas, muchas van a tener una reacción adversa, mientras que con una película puedes llegar a lugares mucho más íntimos. Eso te permite crear muchísima más reflexión”.

María José pasa toda la película rodeada de personas pero completamente sola. Desde que se levanta de la cama en su casa y se pone esa faja hay algo perturbador.

Nadie parece darse cuenta del secreto de María José. No sabemos si no pueden verlo, si se niegan a verlo, si lo ven y lo ignoran.

Latishev habla de que una de las motivaciones de Medea era la de crear un personaje que fuera en un proceso paulatino hacia la invisibilidad. Como una estrategia de sobrevivencia. “Son situaciones tan fuertes que la única manera de sobrevivir es hacerse invisible. Creo que de alguna manera eso buscaba el personaje. Hacerse invisible no solo porque ella se hace invisible, sino porque todo su entorno la hace invisible, porque no quiere ver lo que le pasa”, cuenta.

Y este no querer ver lo que le pasa a los otros se traduce a cualquier ámbito y le ocurre a cualquier género, asegura: “Vivimos tan desconectados de lo que le pasa al otro. A hombres y a mujeres. Las mujeres vivimos en una situación en torno a nuestro cuerpo desfavorable, pero también los otros, desde otro lugar”.

Latishev deja claro que contar esta parte de la historia de María José no era la intención de la película. “Usualmente la primera pregunta es: ¿Y el papá? ¿Quién es el papá? No se trataba de eso. En el momento en que yo ponía la figura del papá, todo el mundo se iba a ir por ahí, cuando la historia que quiero contar va por otra cosa”.

Y esta relación —o no relación— de María José con el hombre que la dejó embarazada es también paralela a la relación —o no relación— de ella con su padre: “Para mí es muy importante mostrar que el papá de la protagonista y el papá del bebé no existen —dice la directora—. Es como yo he vivido las figuras paternas. No están. Todo el mundo habla de ellos pero no se ven. Es como dios. Y es como lo he percibido en este tipo de situaciones en familias latinoamericanas, sobre todo en Costa Rica, que esto es súper fuerte…”.

Medea toca temas que no abundan en el cine más comercial. Por eso, para Latishev fue todo un reto encontrar financiamiento para sacarla adelante, tomando en cuenta además, que era su primera película y que en Costa Rica no existen tantos fondos para el cine. “Las personas que lo eligen —a quién va destinado el presupuesto— son personas que van a elegir los proyectos más políticamente correctos, o que de alguna manera no sean tan arriesgados a la hora de representar instituciones”, explica.

Pero las ganas de poner las realidades que pone Medea sobre la mesa eran más fuertes. “Me movía mucho el tema y eso me hizo buscar formas alternativas de financiamiento, buscar un potencial público”.

Y aquí llegó la sorpresa. Latishev abrió un crowdfunding y 150 personas se subieron y le ayudaron a financiar la película. En un país conservador como Costa Rica, que cuenta con una legislación bastante restrictiva en temas como el aborto, que más de cien personas decidieran dar fondos para sacar un proyecto así, es algo nuevo. “La película implicó rechazo desde ciertos sectores pero también muchísima apertura, y eso me sorprendió muchísimo. Creo que estamos en el momento ideal para sacar estos temas a flote”, concluye Latishev.

La directora hace hincapié en la necesidad de que más mujeres entren a dirigir películas, en la necesidad de una mirada femenina para tocar ciertos temas. Porque lo que no se nombra, no existe. Y en el cine sucede lo mismo. “Probablemente yo tengo muy pocas referencias de películas sobre aborto, o que de alguna manera me pongan en escena escenas como la del baño —una de las escenas finales y más determinantes de la película—. Eso ni siquiera existe en nuestros imaginarios, porque no lo vemos en el cine. Cuántas escenas tenés de partos, cuántas has visto de embarazos, de familias heteronormativas… pero no vemos éstas”, recuerda.

Para Latishev hay un componente histórico en esto, pero también tiene que ver con la cantidad de mujeres dirigiendo cine y contando estas historias. “Hay muchísimas personas que se inclinan a contar historias que quizás sean las que se espera que cuentes, no las que no se esperan”.

Y en el cine, como en tantos ámbitos, hay un porcentaje muy bajo de mujeres directoras. Igual que hay pocas mujeres liderando empresas, aplicando justicia y presidiendo países.

Aunque Costa Rica parece ser una excepción, según Latishev. “Es de los pocos países donde es casi cincuenta por cincuenta (la representación de directoras y directores). Y las mujeres que están haciendo películas tienen un alcance internacional mayor, una distribución más fuerte”. Esta fue una de las claves por las que ella se decidió tirar de cabeza a dirigir. “Fue tremendamente estimulante, conocer en mi proceso de formación a un montón de mujeres directoras”.

Hoy cita a varias, de Costa Rica y de otros países. “Andrea Arnold, Lynne Ramsay, Agnès Varda, Lucrecia Martel, Lucía Puenzo… En Costa Rica hay otra que terminó produciendo mi película, Paz Fábrega, una directora que tiene un trabajo muy bueno. Y hay un montón de chicas en mi país que están haciendo cosas impresionantes. Sofía Quirós, Antonella Sudasassi… Películas que están llegando a espacios importantes de cine”.

Eso sí, que cada vez haya más mujeres directoras no implica que el camino sea fácil. “A una mujer en un medio artístico le cuesta llegar a un lugar cuatro veces más que a un hombre”, dice Latishev, que recuerda que cuando estudiaba en la escuela de cine, colocaban a una persona en uno u otro lugar según su género. “(Como mujer), había una tendencia a ponerte a producir, o a hacer arte, pero jamás dirigir, fotografía, sonido… un rol técnico. Y eso a mí me llamaba mucho la atención”.

Por esta formación, Latishev pronto consiguió trabajos de producción. “Yo decía: no es que a mí esto no me interese, pero me quitaba la energía y el tiempo que yo podía estarle dedicando al otro departamento”. En algún punto de su proceso formativo se vio obligada a decir “no”. “Tuve que decidir. Yo no me metí a estudiar cine para producir, yo quiero dirigir películas. Tengo una mirada y quiero defenderla…”.

Y esa mirada, recuerda, no la va a proteger nadie más que una misma: “Tenés que defenderla vos y ganarte un lugar vos y además el cine es tremendamente frustrante en el proceso. Es una cuestión de victorias y fracasos siempre”.

“Yo me imagino que muchísimas mujeres en medio de su proceso se preguntan: ‘¿Tendré talento?’, ‘¿Seré que no podré hacer eso?’, ‘No sirvo para esto’. Y hay un medio que tampoco les proporciona ese espacio”, continúa Latishev, que como profesora en la universidad lo ve diariamente. “Muchas chicas tienen ideas geniales, inquietudes más personales, profundas… y hay algo que pasa en el proceso que muchas se boicotean y son tremendamente inseguras. Mientras que veo a veces a la par a otros chicos con una seguridad que yo digo: qué injusto y qué fuerte eso”. Lo que se conoce como el síndrome de la impostora, un fenómeno psicológico por el que las personas —muchas veces mujeres— no interiorizan sus logros, lo achacan a la suerte, y se consideran un fraude.

Latishev continúa imparable. Ahora produce un documental sobre un fenómeno arqueológico que ocurre en Costa Rica, “unas esferas de piedra perfectas de las que no se sabe nada porque no tenemos ninguna relación con nuestro pasado indígena, lo negamos en absoluto. Hay una metáfora de nuestra identidad y de cómo construimos nuestra memoria”.

Además, escribe una película sobre cómo tres generaciones de mujeres en una misma casa interactúan y lidian con sus propios fantasmas, que tienen que ver con un hombre que nunca vemos. “Es como el terror de la vida”, resume. La invisibilidad.

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