Violencia sexual
Acosador
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No me di cuenta que me habían acosado hasta que le pasó también a mis amigas y lo hablamos en un círculo de mujeres. Cada una contó sus historias de violencia sexual y entendí que también me había pasado a mí. No me sorprendió ser una estadística más, al final 1 de cada 3 mujeres es víctima de violencia sexual, sino que no lo identifiqué hasta que escuché a otras, hasta que empezamos a contarnos nuestros secretos y fue como si se hubiera levantado un velo.

Hablar de acoso sexual es algo reciente, hace 10 años era imposible que una mujer levantara la voz y fuera escuchada, no digamos hubiera consecuencias para su agresor. El que cada vez más esté sobre la mesa es porque cada vez más mujeres se atreven a denunciar a sus agresores y lo hacen aún cuando existe muchísimo castigo social hacia ellas, hasta por parte de sus familiares y amigos. Lo que no se nombra no existe, lo invisible no puede ser analizado, comprendido, erradicado.

Qué es y qué no es

En términos generales, según la definición de nuestros amigos de la RAE, acosar significa perseguir sin tregua ni reposo a un animal o persona. Sin tregua ni reposo.

Es importante aclarar que para que un comportamiento sea catalogado como acoso sexual tiene que ser repetitivo y tiene que aprovecharse de un desequilibrio de poder. Una manifestación de este poder está en el silencio de quien sufre el asedio, sólo el 6% de las víctima denuncia a su agresor, la culpa es un dispositivo de control.

Obviamente hay violencias de violencias. Un chiflido en la calle no es lo mismo que un tipo masturbándose encima de ti en el bus, o uno quitándose el condón a medio acto. Hay violencias que están tipificadas como delito y otras que no. Digamos que hay una escala que va desde Aziz Ansari a Woody Allen, pasando por Louis CK y Harvey Weinstein.

Después sale la banda diciendo que ahora ya no pueden ni abrazar a sus compañeras de trabajo, que ya no se pueden hacer cumplidos. Pues es que nunca debiste Javi, la diferencia es que ahora ya no nos quedamos calladas cuando nos sobás la espalda en la oficina o nos tratás de besar en la fiesta de fin de año.

Pero no son sólo los Javieres del mundo los que hablan de límites borrosos. Como sociedad no queda claro qué es violencia sexual porque a través de la pornografía, la publicidad y las películas de Disney hemos romantizado y normalizado la violencia dentro de las relaciones. A todas y todos nos educan para internalizarla e identificarla como amor. Hasta cuando la violencia no puede ser más explícita, todavía hay quienes se esconden detrás de tecnicismos, de leyes parciales, para no verla, véase el caso de la manada en España.

Una acción sobre otra acción

Asumamos que el poder es una relación social, un recurso para influir en las acciones de los demás, como diría Weber. O sea, que A logre que B haga algo que nunca haría, si no fuera por A. Es decir que si una persona nunca tendría sexo con su jefe, mentor o catedrático a menos que este se lo impusiera, y que directa o indirectamente, su carrera profesional dependiera de ello, existe un desequilibrio de poder inherente y no es posible un consentimiento real en esa situación, por mucho que la persona no diga que no.

La diferencia entre poder y violencia es que la segunda quiebra, doblega el objeto o cuerpo. La violencia simbólica, la violencia sobre los cuerpos es entonces, un mecanismo de poder también. Y por eso el concepto de seducción, por muy erotizado que esté, es necesariamente una manifestación de esa desigualdad de poder. Seducir es convencer a alguien que no está segura de querer acostarse contigo para que lo haga, y eso es lo que la mayoría de personas entienden por ligar. Una y otra vez nos recuerdan a las mujeres que no hay nada que podamos hacer para no vivir este asedio y a los hombres se les refuerza que siempre van a salir impunes. La impunidad de la violencia sexual es otra manifestación de poder.

Resignarse no es lo mismo que consentir

Quedarse paralizada, no decir nada, pensar “voy a cooperar para que esto pase más rápido”, son reacciones perfectamente normales ante un depredador, un abusador o un violador, hola instinto de supervivencia. Repito, resignarse no es lo mismo que consentir, y por eso urge hablar de acoso.

A la mayoría de mujeres nos cuesta mucho asumirnos como víctimas porque tenemos la imagen de un violador como un desconocido que te penetra y te pega en un callejón oscuro en la mitad de la noche. Un depravado, un monstruo, no tu amigo, tu jefe o tu pareja. Reconocer un acoso tampoco es fácil porque aprendemos a no verlo, aprendemos a disfrazar el hostigamiento de seducción, de halagos.

Hombres y mujeres recibimos mensajes como el de la peli de 40 Year Old Virgin, en donde uno de los amigos le dice que todos los hombres tienen instalado el instinto de abordar a mujeres borrachas en los bares porque les da mayores posibilidades de coger, reforzando la idea que los hombres son animales que no pueden evitar violar o agredir y las mujeres somos objeto de cacería y nuestro destino es ser violadas o agredidas.

Reconocerse como víctima implica también que existe un victimario y que debe haber justicia, pero sabemos bien que la justicia para las mujeres no existe y buscarla es todavía más traumático, así que la inmensa mayoría de nosotras nos quedamos calladas hasta el día que alguien más decide hablar, y a veces ni así porque el proceso (la gente) nos revictimiza, nos vulnera y nos humilla.

La trampa en la presunción de inocencia

Como periodista, me costaba mucho asumir el #YoTeCreo por su unilateralidad y su clara falta de fact-checking. Yo misma apelaba también a la presunción de inocencia como concepto e ideal democrático, pero la realidad es que las mujeres nunca hemos gozado del privilegio de ser inocentes hasta demostrarse lo contrario. La libertad de expresión y el debido proceso son reglas creadas desde el paradigma patriarcal, los límites han sido construidos por y para proteger los derechos de quienes están en el poder. Y por estar en el poder tienen más recursos para defenderse — mejores abogados, a los medios, a los jueces y sociedad civil de su lado.

La presunción de inocencia y abogar por seguir el debido proceso es una trampa porque no es un derecho al que verdaderamente podamos acceder las mujeres, en general y menos al ser víctimas de violencia sexual. Basta con ver estadísticas de imputación de crímenes y el porcentaje de violadores y femicidas que realmente van a la cárcel.

Los logros del feminismo liberal de los setentas que buscaron eliminar la discriminación y exclusión basadas en diferencias legales son un punto de partida pero no son suficiente porque nos deja con muchos vacíos. Con cambiar las normas, la ley, no cambiamos la sociedad, porque las dinámicas de dominación de los hombres sobre las mujeres se replican en los lugares de trabajo y éstas se hacen visibles en forma de acoso (no hablemos de violación y femicidio). Así que hoy sólo nos queda hacer lo que podemos con las estrategias que podamos, y eso incluye hacer denuncia pública y escrache, y así nace el #MeToo.

Sobra decir que cambié de opinión sobre las denuncias en Twitter, y sobre las investigaciones que implican preguntarle una y otra vez a las mujeres que den el mismo testimonio que ya dieron, que busquen pruebas que exculpan al denunciado para que pueda decir que “no se dio cuenta que estaba agrediendo mujeres”. El testimonio propio es muchas veces lo único que una tiene para denunciar. Es como recibir una segunda, tercera, hasta doceava opinión y sigas necio con que no tenés cáncer. O cómo pedir el beneficio de la duda para alguien que siempre ha gozado de ese privilegio.

Ilustración: Maritza Ponciano

El “amor” en tiempos del #MeToo

Mientras sigamos sin hacer conscientes creencias represivas sobre la sexualidad, los roles de género, la masculinidad y el derecho de las mujeres a su cuerpo, su vida y su placer, no vamos a poder tener relaciones sanas, felices, entre hombres y mujeres.

La idea de que los hombres tienen que convencer a las mujeres para tener sexo es nefasta y destructiva. La costumbre de culpar a la mujer por no cuidarse, en lugar de culpar al acosador por violentar nos atraviesa y permea tanto que sexualizamos hasta los colores (escuchamos idioteces como que una mujer que se pinta las uñas de rojo quiere sexo) y encontramos excusas para culpar a las mujeres por no haberse cuidado, por haber abierto las piernas. Sigue viva la mentira que aunque digamos que no, al final siempre acabará gustándonos porque en el fondo todas somos unas putas.

Para entender la diferencia entre ligar y seducir es necesario cuestionar lo que entendemos por masculino y femenino y cómo cada género vive su sexualidad. Tenemos que dejar la miopía de hablar de libertades individuales dentro de sistemas de opresión (género, clase y raza) y relaciones desiguales. Y no, no todos los hombres quieren ser acosadores, no todos los hombres quieren violar a sus parejas, pero si no hablamos de cómo se ve un acoso o qué es consentimiento entusiasta, pues la mayoría van a horrorizarse cuando sus ex novias o amigas los denuncien en redes sociales, y van a echarle la culpa a las feminazis a lo pendejo.

La solución no es el #MeToo, esta es sólo una herramienta que tenemos las mujeres para poder levantar la voz en contra la violencia sexual contra nosotras. Para relacionarnos de forma sana y libre de violencia necesitamos hablar de nuevas masculinidades y educación sexual integral en todos lados. Hay que enseñarlo a los niños en las escuelas, en las cenas familiares, en la oficina y en los chats de whatsapp. Urgen consecuencias contundentes en contra de jueces que no escuchan a las mujeres y las condenan a regresar a maridos violentos, de jefes que acosan a sus empleadas, amigos que comparten fotos en chats, urge ser firmes en contra del machismo y la violencia.

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